La Quiniela es el último gran flagelo de la humanidad. Una plaga que se expandió a escala planetaria, se hizo epidemia. Aunque no en todos los lugares este mal actúa de igual manera. Suele mutar su modus operandi de país en país. Pero siempre viene a joderle la vida a su víctima. Yo digo que será así porque una vez escuché que un jugador es un enfermo que necesita ayuda. Pide ayuda. Pide préstamos, promete cosas, y así y todo jamás pierde su fe. Que es lo único que no pierde. Porque lo demás se lo llevó la Quiniela.
La Quiniela es un juego donde alguien tiene que adivinar un número que va a salir en un sorteo. En el sorteo está el azar. Que es el acto de cocinar al apostador. Y como toda comida, puede prepararse de varias maneras: a la cabeza, a los premios, y en redoblona.
Un apostador que quiere acertar la cabeza es un hombre confiado; un apostador que quiere acertar en los premios es un hombre medido; y un apostador que juega una redoblona es amigo personal del jefe del sorteo, o va y va con el niño cantor. Se llama niño cantor al adulto que avisa que el apostador perdió.
En la Quiniela el apostador pone una plata y dice que se la juega a que sale su número. Otro apostador pone plata y dice que va a salir su número. Y otro apostador hace lo mismo, advierte que va a salir su número. La Quiniela agarra la plata de los tres y después realiza el sorteo, donde sale ganador su número. Se queda con la guita de todos, con las bolillas, y con el bolillero. Es decir la chancha, los veinte, y la máquina de hacer chorizos.
Lo curioso es que el jugador apostador nunca le echa la culpa a la Quiniela. Sino a su suerte. Que tan suya no es, porque la comparte con todos los que dijeron que salía el 42 a la cabeza.
Después del sorteo la Quiniela saca el extracto, que es lo más parecido que hay a los avisos necrológicos de los diarios.
Hay que reconocer que en la Quiniela cualquiera puede ganar. Menos los apostadores habituales, que tienen el hábito de perder. Por esto del hábito algunos dicen que el juego es religión. El hábito hace al monje, dice el refrán. Que también jugó al 42 y no hubo Cristo que lo hiciera salir. ¡Qué número puto!
La gente le pone significado a los números que juega. Así, por ejemplo, el 13 es la yeta; el 17 la desgracia; y el 63 el casamiento. Supongo que el 136317 debe ser el casamiento con la desgracia. Matrimonio típico del jugador apostador.
Hay un jugador que no es apostador. Dice que sale tal número pero no arriesga un peso para apostarle. Entonces el número sale pero él no gana. Y si no sale tampoco pierde. Este tipo de jugadores sacan de quicio a los jugadores apostadores. Que no entienden eso de tener un pálpito aficionado. El lema de todo jugador apostador es "si te gusta ponele un mango".
En Argentina hay dos tipos de Quiniela: oficial y clandestina. La única diferencia importante es la legalidad del abuso. Mientras la primera cuenta con el aval de las instituciones, la segunda cuenta con el aval de las negociaciones. Pero igual las dos cuentan. Toda la plata que le sacan a los apostadores.
En la Quiniela se puede apostar a números de distintos tipos de cifras. Es decir: a números de dos cifras, de tres cifras, o de cuatro cifras. Digamos como ejemplo: el 21, el 221, y el 2221. La diferencia está en la cantidad de veces que uno tiene que jugar para acertar el número. Si juega un número de dos cifras deberá jugarlo setenta veces hasta que salga; si juega uno de tres cifras deberá jugarlo seiscientas veces hasta que salga; y si juega uno de cuatro cifras deberá jugarlo toda su vida, y creer en la reencarnación para poder seguir jugándolo en la nueva vida.
Acá, en este país, hay un dicho popular que dice que de enero a enero la plata es del banquero. ¡Menos mal que el año tiene doce meses nada más! ¡Qué lindo número el 12! ¡Mejor que el puto 42 debe ser...!
miércoles, 24 de marzo de 2010
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